“No he sido jamás, en rigor, un escritor profesional, no he vivido de la pluma, sino de otros oficios y menesteres, concomitantes en la mayoría de los casos": aunque se ha dedicado fundamentalmente a la enseñanza, Francisco Ayala ha desempeñado también durante buena parte de su vida profesional tareas de editor y traductor.

  
En la época de su estancia en Berlín, en 1929, hizo su primera traducción, en colaboración con Beate Hermann: un relato alemán que acabaría por publicarse en la revista argentina Síntesis. En Recuerdos y olvidos cuenta cómo, a su vuelta a Madrid, “el trabajo de traducción iba a procurarme los ingresos indispensables durante el lapso que transcurriera hasta haber obtenido una posición económica de alguna firmeza”.

 
El primer libro que tradujo fue una novela, Lorenzo y Ana, de Arnold Zweig, que aparecería publicada en 1930 en Ediciones Hoy, en Madrid. Aunque esa deseada posición económica le llegó pronto, Ayala no dejó de hacer traducciones hasta el comienzo de la guerra en 1936, principalmente de textos alemanes de tema jurídico. A esta tarea le ayudaba su primera esposa, Etelvina Silva, a quien precisamente había conocido en Alemania.
 


 

Tras la guerra, Francisco Ayala se dirigió a Buenos Aires, donde al poco de llegar se ocupó como traductor para la editorial Losada. Su primer encargo fue realizar una versión castellana de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rainer Maria Rilke, que apareció en 1941 y que sigue siendo la que publica Alianza Editorial actualmente.

 
En los años posteriores, Ayala habría de realizar numerosas traducciones para Losada y también para otras editoriales argentinas, como Sudamericana, Argos o Schapire. Se dedicaba sobre todo a textos literarios, principalmente del alemán, como Carlota en Weimar, de Thomas Mann, o las Conversaciones con Goethe de Eckermann, pero también tradujo del portugués las Memorias de un sargento de milicias de Almeida y del francés unas Páginas escogidas de Léon Bloy; su traducción de La romana, del italiano Alberto Moravia, ha conocido numerosas ediciones y actualmente sigue siendo la versión de referencia en lengua española.


Este desempeño profesional, además, tuvo su reflejo teórico en una serie de textos que aparecieron en el diario bonaerense La Nación entre diciembre de 1946 y febrero de 1947, y que conforman el ensayo “Breve teoría de la traducción”, recogido después por Ayala en varios de sus libros dedicados a los estudios literarios. La editorial Taurus lo publicó en un cuaderno titulado Problemas de la traducción en 1965.

 
En ese ensayo afirma el autor que la traducción “es labor ingrata: exige mucho y procura menguados frutos”. Quizá por ello, Ayala no se dedicó solo a traducir: también preparó ediciones de clásicos, escribió prólogos y estudios introductorios, ejerció como vocal o asesor en comités editoriales y dirigió colecciones.

 
Su relación con la empresa de Gonzalo Losada, aunque tormentosa, fue la más fructífera: Ayala fue vocal de la comisión editorial del Instituto Argentino de Filosofía Jurídica y Social y tradujo algún título de su biblioteca temática, como el libro de Hans Kelsen La idea del Derecho Natural y otros ensayos; y dirigió la colección Biblioteca Sociológica, de la que se publicaron ocho volúmenes.


 

Ya antes había dirigido una colección llamada Los clásicos políticos para la editorial Americalee: los ocho títulos que la componían aparecieron en 1943, y todos ellos llevaban un estudio preliminar escrito por Ayala.
 

A su vuelta de Brasil, donde pasó con su familia todo el año de 1945, Ayala retomó sus actividades editoriales. “Ahora”, cuenta en Recuerdos y olvidos, “no estaba apremiado a traducir, y traducir hasta el agotamiento; y sin embargo, por puro gusto, traduje todavía algunos libros”. Fue dedicándose cada vez menos a las traducciones porque su obra propia empezó a ocuparle todo el tiempo, pero no se alejó del mundo de la edición: en 1947 apareció el primer número de Realidad. Revista de ideas, en la que figuraba como director Francisco Romero pero cuyos editores y verdaderos responsables eran Lorenzo Luzuriaga y Francisco Ayala.


 

Realidad dejó de aparecer en 1949: se acabó el capital, y además la coyuntura política y social en Argentina comenzaba a ser desagradable para Ayala, quien decidió marcharse a Puerto Rico. Ejerció como catedrático de Sociología en la Universidad de Río Piedras hasta 1957, y, desde poco tiempo después de instalarse, se dedicó también a la edición: “ya al año siguiente me propuso el rector que me hiciera cargo de la Editorial Universitaria y planease un programa de publicaciones que, en efecto, llevamos a la práctica en cooperación con la Revista de Occidente”. El fruto de estos planes fue una colección que se llamó Biblioteca de Cultura Básica de la Universidad de Puerto Rico, de la que, bajo la dirección de Ayala, se publicaron entre 1952 y 1957 más de quince títulos.

 
En enero de 1953 apareció el primer número de La Torre, la revista de la Universidad de Puerto Rico, impulsada por Ayala y que aún hoy se sigue editando. Fue la última empresa editorial en la que habría de embarcarse el autor, pues desde su marcha a Estados Unidos, en 1957, centró su actividad en la docencia y en el desarrollo de su obra ensayística y literaria.


 

La biblioteca de la Fundación dispone de ejemplares de todos estos libros: las traducciones jurídicas de los años treinta, las literarias de los cuarenta, las colecciones dirigidas por Ayala y los números de las revistas que impulsó, además de algunas rarezas y curiosidades como unas versiones juveniles de La cartuja de Parma y de La piel de Onagro que Ayala preparó para la colección Billiken, hacia 1940.

 

Como el resto de los fondos de la biblioteca, están a disposición del público y de los investigadores, para consulta en sala, en el horario habitual de la Fundación: de lunes a viernes, de 9 a 14. 



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