“Quienes por afición y profesión andamos entre libros sabemos demasiado bien cuánto prolifera esa especie”, afirma Francisco Ayala en Recuerdos y olvidos. Él ha conocido, en efecto, la proliferación de volúmenes por las estancias de sus viviendas casi sin pretenderlo, o más bien sin poder evitarlo. Pero diversos azares han ido cerrando el ciclo vital de los libros de Ayala: varias veces ya, después de nacer, crecer y reproducirse, su biblioteca ha desaparecido.
El estallido de la guerra civil española sorprendió al escritor en Sudamérica. Antes de partir, “había depositado mis libros en un almacén con propósito de trasladarlos, una vez de regreso en Madrid, al nuevo domicilio que estaba preparando; pero este regreso hubo de producirse cuando ya, por desgracia, la ciudad debía defenderse de las fuerzas insurgentes, y en el fragor de la contienda había sido asaltado y despojado el almacén que guardaba mi biblioteca personal”. Había allí primeras ediciones de los autores más importantes de las vanguardias en España, compañeros y muchos de ellos amigos de Ayala; ejemplares autografiados para él, como un Romancero gitano “con unos garabatos de Federico en tinta verde”, La rebelión de las masas firmado por Ortega, y tantos otros libros que se perdieron irremediablemente.
Tras la guerra, como es sabido, salió Ayala con su familia a un largo exilio cuya primera estación sería la Argentina. Allí comenzó una nueva vida y una nueva biblioteca, en su casa de Buenos Aires, donde los libros “pronto se amontonaron en estanterías, armarios y rincones hasta cubrir mi sumarísimo mobiliario”. Ahora la colección no era menos valiosa que la anterior: “Durante la década de mi residencia en Sudamérica, esta biblioteca privada se integró mayormente en esta nueva oportunidad con ejemplares dedicados por escritores argentinos y brasileños (Borges, Mallea, Cortázar, Murena, Drummond de Andrade y tantos más), ahora amigos míos”. Al dejar Buenos Aires “definitivamente rumbo al norte, todos juntos fueron a parar al sótano de mi hermano Vicente, donde una inundación accidental acabaría por último con ellos”. Aunque en esta húmeda Alejandría no se perdió todo, la repetida calamidad, junto a su propensión al desapego por el pasado, “que me permite abandonar sin pena los preciosos lastres que al correr de los días y de los años se van acumulando”, lo desanimaron ya para siempre a coleccionar libros.
Pero esto no quiere decir que pudiera evitarlos. Aunque en veinte años como escritor, estudioso y profesor universitario en Estados Unidos, y en treinta más en España, convertido ya en la figura intelectual y literaria que hoy representa, Francisco Ayala no hubiera comprado un solo libro; aun en ese caso, habría reunido una biblioteca de cientos o miles de ejemplares recibidos de editoriales y de revistas o suplementos literarios, y, sobre todo, de amigos escritores que siguieron la extendida costumbre de regalar la obra propia con alguna dedicatoria autógrafa para el destinatario.
Precisamente entre Estados Unidos y España ha estado repartida la penúltima biblioteca de Francisco Ayala, y en alguna medida aún lo está: en la Madison Avenue de Nueva York, en casa de su mujer, Carolyn Richmond, y en el piso del escritor en Madrid, cerca del Congreso de los Diputados, quedan algunos volúmenes con el ex libris de Ayala. Pero la mayor parte de ellos han viajado a Granada y están ahora reunidos, catalogados y a disposición de los investigadores en la biblioteca de la Fundación Francisco Ayala, en el palacete de Alcázar Genil.
Algunos de los más de mil ejemplares que componen la colección son de los años cuarenta, cuando el escritor vivía en Argentina: son los pocos supervivientes de la inundación del sótano de Vicente Ayala. Las dedicatorias que adornan sus primeras páginas dan testimonio de las relaciones de amistad que mantuvo Ayala con muchos de los más destacados autores del exilio español y de la literatura argentina de esos años: “A Francisco Ayala con la amistad y un abrazo de León Felipe. Bs. As., dic. 1947”, puede leerse en un ejemplar de la primera edición de la célebre Antología rota, de León Felipe; “A Francisco Ayala, con total amistad”, escribió Jorge Luis Borges con su letra diminuta en las guardas de Ficciones… Son solo un par de ejemplos entresacados de los numerosos libros con dedicatorias de amigos de esa época que custodia la Fundación, y que podrían componer un resumen onomástico de su tiempo: Eduardo Mallea, H. A. Murena, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Victoria Ocampo, Julio Cortázar y hasta autores con cuatro manos o ninguna, como H. Bustos Domecq, dedicaron ejemplares de sus libros a Ayala.
Poco después de su jubilación en 1977, Francisco Ayala cerró su piso en Nueva York y volvió para instalarse definitivamente en Madrid. Allí quedó, en la casa de Carolyn Richmond, una nueva colección de testimonios de amistad hechos de papel y cartón: algunos libros de la etapa de Puerto Rico y, sobre todo, muchos otros dedicados por escritores y profesores con los que Ayala coincidió durante los más de veinte años que pasó en Estados Unidos, desde 1956. Algunos de los libros los fue trayendo el escritor cuando aún cruzaba de vez en cuando el Atlántico; y otros vinieron en tres maletas que compró a tal efecto su buen amigo Luis García Montero, como él mismo ha contado.
Entre los que ya se guardan en la Fundación se encuentran, claro, los autores que tradicionalmente se inscriben en la categoría de novelistas en el exilio, como el mismo Ayala: “A Paco, como siempre”, dedica Max Aub un ejemplar de la primera edición de Campo del moro; “A Francisco Ayala de su colega y amigo Ramón J. Sender. Febrero 1959”, puede leerse en la primera página de El lugar de un hombre. Otra parte importante de esta colección es la que forman los libros dedicados por quienes fueron, como Ayala, profesores universitarios en Sudamérica o en el Caribe, y finalmente acabaron por coincidir con él en Estados Unidos, como se ve en la dedicatoria que le escribe el filósofo José María Ferrater Mora en su Qué es la lógica, de 1957: “A Francisco Ayala, de su buen amigo y casi vecino”. Las universidades norteamericanas fueron también el lugar donde ganarse el respeto de aquellos de la generación de los mayores, la de Ortega, que también salieron al exilio: “Para Francisco Ayala, con afecto y simpatía intelectual”, rubrica Américo Castro un ejemplar de Dos ensayos, de 1956.
Francisco Ayala había regresado por primera vez a España, desde su salida al exilio, en 1960. Poco después compró un piso en Madrid, y ya desde entonces no dejó de volver con frecuencia, a pasar las vacaciones o, un poco más adelante, a impartir conferencias y participar en cursos. Eran estos viajes ocasiones propicias para retomar el contacto con escritores amigos que permanecían en España: “¡Siempre diciéndose por aquí que ibas a venir! Y este librajo y su autor esperándote, largo tiempo”. El librajo es El alma Garibay y su autor es Antonio Espina, que termina la dedicatoria, escrita con bolígrafo rojo: “Un superabrazo, querido Paco, de tu hiperamigo. Madrid, dic. 1965”. Por estas fechas trata Ayala a autores como Camilo José Cela, Ignacio Aldecoa o Carmen Laforet. Otros libros de esa época permiten recomponer el panorama de los más importantes intelectuales de entonces: Enrique Tierno Galván dedica su Razón mecánica y razón dialéctica “A mi querido amigo Francisco Ayala, con grande admiración por su obra científica y literaria”; Julián Marías le brinda un ejemplar de su Antropología metafísica: “A Francisco Ayala, este libro bastante humano de su amigo”; y así, muchos otros volúmenes dedicados por José Luis López Aranguren, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall, Emilio Lledó…
La biblioteca de su casa de Madrid fue la que finalmente permaneció como sede única de los libros de Ayala desde su vuelta definitiva a España, hacia 1980. Allí se fueron incorporando desde entonces nuevos ejemplares de la especie libresca, que no dejaba de proliferar. Aparte de algunos que él mismo compraba y otros que las editoriales le enviaban, la biblioteca de Francisco Ayala se fue convirtiendo en un mapa de la amistad, extraordinariamente preciso en lo que se refiere a las relaciones mantenidas desde su vuelta a España con otros escritores: novelistas mayores que no han dejado de enviarle un ejemplar dedicado de cada nuevo libro que publicaban (Miguel Delibes, Francisco García Pavón); novelistas más jóvenes que le han firmado “con admiración” algunas de sus primeras obras (Belén Gopegui, Antonio Muñoz Molina), poetas (Pere Gimferrer, Jaime Siles), compañeros de la Real Academia (Rafael Lapesa, Fernando Lázaro Carreter), discípulos (Andrés Amorós, Rosario Hiriart), paisanos (el pintor Manuel Rivera, el profesor Emilio Orozco)…
Desde septiembre de 2007, cuando el escritor entregó la mayor parte de su biblioteca a su Fundación, descansan en las estanterías del palacete de Alcázar Genil más de un millar de libros que, con sus dedicatorias, dan fe de la intensidad con la que, “por afición y profesión”, se ha dedicado a ellos Francisco Ayala.