Ratonerías

«Ocultos y extrañísimos son los caminos de la Providencia», afirma el narrador al comienzo de «The Last Supper», relato de Francisco Ayala incluido en su libro Historia de macacos.

¡Vaya si lo son! Sesenta años después, un amigo de la Fundación que anda por México nos informa de que en el mercado de Tlacolula se puede comprar raticida de la misma marca que patentara el comerciante judío Bruno en el relato de Ayala: «La última cena».

La idea ha hecho fortuna; la marca australiana Mortein, por ejemplo, anuncia su raticida situando la cena de Leonardo en una alcantarilla:

2 comentarios

  • Día llegará en que pueda confeccionarse una antología rateril, porque ¡hay que ver lo que cunden –en todos los sentidos– y el juego que dan estos roedores! Sin ir más lejos, aquí en Granada, el otro día tuvimos que vérnoslas con las ratas en el escenario del teatro Alhambra (Roberto Bolaño: “El policía de las ratas”. Teatre Lliure, dir. Àlex Rigola. Teatro Alhambra, Granada, 26 / 4 / 14). Y aún se trataba tan sólo de algunos casos aislados de asesinato: el fenómeno no había alcanzado todavía las dimensiones del genocidio propugnado por Ayala y sus émulos transcontinentales. Antes de que se produzca la definitiva exterminación, vayan los futuros antólogos explorando las páginas de Kafka y las de Cortázar en busca de nuevo y viejo botín con que ornar los anaqueles de nuestro museo literario.

  • ¿Quieren otra pista por explorar en torno a las ratas, los ratones y los raticidas? La breve y sustanciosa novela de otro gran checco, Bohumil Hrabal, “Una soledad demasiado ruidosa” (1976), en la que el matarratas utilizado es una prensa para aplastar libros.

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